Al mirar los ejemplares de mis libros de escuela, me pregunto ¿Por qué será que me aburren tanto? ¿Será acaso que, al ser literatura impuesta, uno la aborrece por el simple hecho de un acto hormonal de rebeldía?
Para que un texto me sea interesante, la narración tiene que fluir a un ritmo constante, conciso, tal vez con alguna que otra pizca de humor, o situaciones con las que pueda identificarme. La otra cara de la literatura que me gusta es aquella que es completamente inverosímil. La fantástica maravillosa. ¿Qué mejor que al abrir un libro la magia y un nuevo mundo se abran a tus ojos?
Pero aún sigo reflexionando sobre los libros de escuela. Son libros que embelesaron a multitudes, que son un clásico en todo el mundo, que al oír el nombre de sus autores o de sus títulos, los profesores de lengua y literatura ponen cara de deleite… ¿Qué hace para nosotros la diferencia? ¿Será que no estamos bien “educados”, y que no sabemos apreciar los buenos libros? ¿O que, simplemente, sentimos lo que sentimos porque nacimos en una época distinta, con una sociedad distinta, con valores y preferencias distintos, lo que nos hace que nos gusten libros distintos?
Básicamente, si es que te gustan los libros. Otra cuestión. Importante, sin duda. Ahora, las preferencias viran a la tecnología o a cualquier otra cosa antes que los libros. Puedo sonar como una vieja, una anticuada, amargada o lo que sea, pero no hay juego de video, página web, celular o complemento electrónico que me apasione más que un libro con un buen final. Y, al acabar la última página, volverlo a leer.